
Grandes carros llegan a las lindes del campo para recibir el trigo en bruto, tal como sale del filo de las hoces, y el hombre abrazado a las espigas va llenándolos con haces y haces que crujen ya secos y se desgreñan entre las bandas del carro; chirría éste, arrastrado por larga hilera de mulas o por mansa pareja de bueyes, y cambia el escenario de las labores agrícolas; terminó la siega en los campos y comienza la trilla en las eras cercanas al pueblo.

Y a todo esto el labrador no deja de mirar al cielo; con ayuda de él practica todas sus faenas, y la meteorología popular le hace precavido y astrónomo a su manera, sólo con examinar el cerco de la luna, el titilar de las estrellas o el rojo más o menos encendido del sol. Porque si un aguacero inoportuno coge a las mieses recién segadas, pueden evaporarse en un momento las esperanzas del labrador, y éste tiene que practicar sus faenas atento y solícito, fija en el cielo la mirada, como fija la mano en la vela tiene el marinero para aprovechar todas las ráfagas de viento favorable.También el viento le es necesario al labrador después de la trilla; hay que separar el trigo de la paja, y empieza la faena de los aventadores, tras la cual viene la limpia del grano, su medición y su envase en las talegas, que hacen crujir después el piso del granero o las tablas del carro que lo conduce al molino.

De nuevo vuelven al campo los labradores para quemar los rastrojos, las hierbas, todos los residuos de la recolección, cuya ceniza es el mejor abono para la tierra cansada.
Y apenas terminadas las largas y fatigosas tareas de la recolección del grano, ya aguardan al labrador las viñas con sus sarmientos encorvados y largos, que como dedos huesosos de la mano avarienta, guardan debajo de ellas otra de las riquezas del campo español: los racimos negros, dorados o blancos, que aguardan entre pámpanos y azufre las tardes alegres y los cantos otoñales de la vendimia.
"El campo en estío" - Luis Bermejo






















